Sacrilegio

Escrito por: Ales

26 de Marzo del 2009

sacrilegio

Sor Natalia miró alrededor, la sangre, las sabanas, el crucifico y clamó al cielo como había llegado a eso.

Antaño su madre la condujo obsecuente al añejo convento que la vio crecer. Una niña risueña, coqueta y dulce había transitado la pubertad con el aplomo de la gente madura hasta encontrar el llamado de Dios. En el seno conservador de su familia había descubierto indicaciones tácitas de su destino doctrinal. Aislada de lo prosaico y mundano, la inocencia de la niña era su bien mejor guardado. Nada había sido casual en la infancia de Natalia.

Al llegar a la puerta un toque firme de su madre la distrajo de mirar los otros púberes varones pelear por un pelota de fútbol. Les conocía, muchas veces los miraba cuando bordaba sus primeras telas en su habitación. La madre superiora las recibe con esa tranquilidad activa que logran los años de dedicación a una causa. Las hace pasar con un gesto amigable, conduciéndolas por una galería solidaria a un inmenso patio de piedras gastadas que guardaban una fuente y una estatua sombría de musgo a imagen y semejanza de la patrona del lugar. El silencio penetraba cada rincón de ese lugar. Natalia pensó en su pasado, en los juegos, en los espejos, en las risas, en los abrazos de su madre y tuvo la certeza que ese día todo eso llegaba a su fin. Abrazando su convicción, creía realmente en lo que la mano implícita de la indicación le había sido revelada tan paulatina como inexorablemente desde que tuvo uso de razón. En el extremo de la galería una habitación acogedora las esperaba, junto a un escritorio más moderno en donde la madre superiora le hizo firmar un papel enigmático a su madre. Al despedirse triste de ella, supo que su destino estaba sellado en ese mismo instante.

Sus primeros días fueron bastante duros. Se le impuso un voto de silencio que ella misma había aceptado y la encerraron en un claustro destinado a las novicias. Un catre sencillo pegado a una pared de jóvenes ladrillos, una taza de noche junto a un grifo, una ventana horadada entre dos barrotes cruzados, una mesita con un velador, una pequeña repisa con libros y una pintura de Cristo era todo lo que se hallaba en esa morada.

Se dedico ese año a estudiar las escrituras tenazmente bajo la luz de una vela que pudo tomar de la pequeña parroquia en la misa pascual. Trabajaba en la lavandería por las mañanas y recién por las tardes podía salir de nuevo para la misa vespertina.

Las horas se alargaban; su confinamiento empezó a tornarse difícil cuando por fin había pasado el primer año de estancia. Cumplió 17 años cuando su madre fue a visitarla esa misma tarde. Fue un compartido monólogo bastante ameno y distendido en la cual su progenitora le comunicaba, con una verborrea inusual, las novedades intrascendentes del barrio que la vio nacer en tanto que observaba como su hija realmente se había convertido en una persona dedicada a Dios.

Su fe inquebrantable la sostenía en su reclusión. Había creído en las escrituras, en los diversos libros que leyó, en los signos y en el dogma, en la doctrina y en el celibato. Pensaba que era la manera de manifestar su amor por el creador.

Sus días empezaron a calcarse, las campanas del Angelus recordándole el voto tres veces al día, la misa de las seis, sus quehaceres, sus obligaciones y su vida transcurría con tranquilidad desesperante en ese convento donde se empezó a sentir encarcelada.

Había comenzado muy sutilmente con sueños inquietantes de verano. Imaginó tantas veces a los hombres en sus fantasías con la única información de esos púberes corriendo enajenados por el campo, que al despertarse, fue el primer recuerdo onírico que descifró ruborizada. Recordaba los besos inocentes de los baños de la escuela y pensó estar en pecado mortal. Se confesó con la madre superiora y esta le dijo que es normal que eso suceda, pero que la gracia del espíritu santo es la consagración a Dios en cuerpo y alma. Debería purgar sus pecados en el claustro totalmente incomunicada.

Esto la turbó profundamente, socavó su fe incluso, su convicción. Creía merecer ese castigo aunque por otro lado no lo entendía completamente. La garantía de normalidad que le dio la madre superiora no terminaba de congeniar con su condena.

Pensó profundamente durante la primera semana. Pensó en esos muchachos y en la diferencia que veía con su propio cuerpo forjado por las hormonas ya desatadas. Exploró su desnudez con un espejo en forma meticulosa. Miro sus caderas y pensó en los varones que había conocido en su vida. Las suyas eran redondeadas y marcadas. Vio sus pechos y los asoció a una tira cómica que había leído en su niñez en donde una mujer amamantaba su bebe. Los rozo suavemente y sintió como sus pezones endurecían al instante en una sensación inicial de impronta desconocida para ella. Imitó con sus yemas el movimiento succionador que recordaba y una corriente recorrió su cuerpo para descargarse en su entrepierna. Asustada bajo sus manos hacia el lugar donde todos los meses la sangre brotaba. Pensó erróneamente que tenía ganas de orinar y al abrir sus piernas en la taza hasta pudo percibir la brisa enjaulada en el claustro. Casi paralizada con angustia y miedo, vistió sus hábitos para rezar toda la noche hasta escuchar los primeros pajarillos por la ventana.

No podía sacar esa sensación que tuvo de su mente. Pensó en lo que había pasado y con culpa quería negarlo, incluso casi se convenció que había sido otro sueño hasta que descubrió al otro día las protuberancias pecadoras de sus pechos que se marcaban con el solo roce de las sábanas. Turbada logró vestirse y sentarse para tomar los alimentos que le fueron dejados bajo la puerta cavilando sobre lo ocurrido. Se dejaría vencer por el sueño reparador que la visitó toda la tarde.

Al despertar con las campanas de la misa vespertina, Natalia tuvo la repentina sensación de la regla. Pensó en levantarse a cambiarse, para descubrir la ausencia de sangre entre las sabanas. Deslizó sus dedos hacia su entrepierna para comprobar que su ropa interior humedecida solo tenía explicación lógica por algún fluido corporal. Sabía que nunca había tenido incontinencia, incluso de pequeña, lo que le dio más curiosidad por lo que estaba pasando. Sacó su prenda íntima con reparo para llevarla a su nariz y sentir un aroma suave pero persistente en la tela blanca. Arqueo sus cejas extrañada y bajó sus dedos para encontrar liquido entre sus labios vaginales. Lo olió y se encontró con el mismo aroma. Lo repartió entre sus dedos índice y pulgar para comprobar una textura vagamente aceitosa.

Con la curiosidad de esa niña que había sido alguna vez, bajó sus dedos y abrió los labios para comprobar su clítoris hinchado. Pensó en alguna enfermedad pero su sana intuición le dictaba que no debería ser tan grave pues se sentía muy bien luego de haber dormido toda la tarde.

Volvió a tocar la zona para sentir un hormigueo suave provocado por sus dedos. Pensó en lo que había pasado la noche anterior y suavemente sacó su pecho izquierdo de la prisión del sostén. Sus dedos fueron más exploradores y rodeo con su índice el pezón. Sintió una agradable sensación que se mezclaba con la de su dedo mayor derecho rozando su clítoris. Descubrió que una sensación potenciaba la otra y al recostarse observó cómo sus piernas se abrían instintivamente. Caviló en lo que sentía al evocar esos chicos. Los deseos reprimidos que tanto había guardado. Asoció sus manos a los pensamientos en ellos. En sus jóvenes manos solidarias tocando sus zonas erógenas. En sus cabellos revueltos, en sus risas y en sus ojos. Pensó en ellos para descubrir cómo sus dedos se habían vuelto hábiles masajeando circularmente su pezón y clítoris. Exhaló un gemido prohibido por su voto y ladeó la cabeza a la vez que cerró sus piernas encerrando su propia mano. La sensación de aprensión de sus caderas se veía complementada por el movimiento convexo de su pubis presionando su suave trasero a la cama. El roce la excitaba aún más e imaginó como las manos de sus amantes la acariciaban por debajo de las sabanas. Sintió con su anular derecho como sus labios se habían hinchado y dejaban caer el líquido pecador, pero esta vez no se asustó y comenzó a seguir el rastro hacia su entrada.

Abrió los ojos y contempló la vela que se erguía en la mesa. Pensó cómo podría estimular ambas zonas y presurosa la pasó acariciando perpendicularmente su entrepierna. Su pezón bien erecto era pellizcado por su pulgar izquierdo cuando sintió deslizarse la vela entre sus labios húmedos. Exhaló otro gemido. Tuvo la sensación que debía explorar esa hendidura tomando la vela entre sus manos e introduciéndola lentamente entre los labios.

En cada penetración sentía como sus caderas acompañaban ese ritmo y como el hormigueo era cada vez más encantadoramente fascinante. Sintió la sequedad en el pecho y llevo los dedos a su boca para humedecerlos con su lengua. Acarició nuevamente ese botón mágico para luego repetir esa succión imaginaria concienzudamente. Sintió en su entrepierna la vela chocar con su carne. Pensó en lo mucho que le gustaría sentirla más profunda y en como su anatomía la traicionaba inconvenientemente. Presionó una y otra vez, casi con desesperación, para descubrir la naturaleza elástica de su himen. ¿Sería posible que la vela se abriera paso entre sus entrañas? Comprobó con decepción como ésta se partía entre sus dedos y como también se quebraban sus esperanzas de sentir más profundo ese hormigueo que la impulsaba.

Miró desesperada la habitación en penumbras, para encontrar algún cilindro como reemplazo pero comprobó como nada de asemejaba. Miró desesperada el crucifico que estaba en la mesa junto a la Biblia y notó como su parte más larga podía ser una alternativa válida. Era un crucifijo labrado en madera, con las puntas redondeadas suavemente y un poco más largo que la vela, lo que le dio esperanzas en su anhelo de ser desflorada. Lo introdujo con fuerza entre sus labios y sintió la textura de la madera abrirse paso entre sus pliegues. Acomodó ambas manos en la madera perpendicular y presionó con sus caderas aquel crucifico profanador de su virginidad.

Sintió un dolor agudo entre su dolorida y ardiente carne. Comprobó que al pasar el malestar sus manos chocaban con los labios y su amante sacrílego la inundaba por completo. Movió más rápido las caderas una y otra vez, penetrándose hábilmente, para comprobar cómo la corriente estallaba entre sus piernas con gemidos de placenteros exhalados por la boca blasfema que articuló el primer orgasmo de Natalia.

Fuente: NSFW.


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