Plaza Libre
Escrito por: Ales
24 de Noviembre del 2008
No suele gustarme dejar el coche en aparcamientos subterráneos. Normalmente tienen techos bajos, ambiente agobiante y unas plazas estrechísimas que siempre temo que no me dejen suficiente espacio para maniobrar sin darle al coche de al lado o a una columna. Pero hoy ha habido suerte y he encontrado una plaza amplia muy cerca de la entrada.
Memorizo el sitio, no sea que luego tenga que estar un rato dando vueltas para encontrarlo (ya he dicho que los aparcamientos no son lo mío…). Me dirijo hacia la salida, que resulta estar bastante lejos de mi plaza. No está muy lleno, sólo se ve algún coche aquí y allá, no más de dos o tres juntos.
Unos metros a mi izquierda diviso un automóvil negro aparcado en un lugar aislado. Una de las luces del parking se refleja sobre el parabrisas, y borrosamente, distingo que hay alguien sentado en el asiento del conductor. Me desvío de mi camino discretamente y vuelvo a mirar desde un sitio donde ya no molesta el reflejo: sí, hay un hombre sentado, parece estar leyendo un periódico.
Más resueltamente, me dirijo hacia allí. Mis zapatos de tacón resuenan en el suelo sintético, donde las marcas blancas que delimitan las plazas parecen señalarme la ruta. No se ve ni se oye a nadie más que a mí y al hombre del coche negro. Alcanzo su plaza, me agacho y miro por la ventanilla del acompañante. El hombre me devuelve la mirada sin expresión, sin sobresalto. Sus ojos se posan sobre mi escote, que desde ese punto de vista debe resultarle muy notorio. No dice nada, ni hace ningún gesto. La puerta tiene el seguro quitado. La abro, entro en el coche. Pongo el seguro.
Dentro, es como estar en una pecera aislada del exterior. Tiene puesta la radio en alguna emisora de noticias, pero casi no se oye. La pequeña luz sobre el retrovisor, que obviamente estaba usando para leer, resulta algo molesta. La apago. Aún no hemos dicho nada.
Muevo el cuerpo para acomodarlo en el asiento, quizá demasiado rígido y demasiado cerca del salpicadero. Me sitúo de cara hacia él, que ha doblado el periódico y lo ha dejado en la parte de atrás, y parece estar esperando mi próximo movimiento. Doblo las piernas un poco para situarlas mejor, el vestido se me levanta unos centímetros. Le miro a la cara mientras extiendo la mano hacia él, y la mano encuentra su sitio sin buscarlo, posándose con toda naturalidad sobre la cremallera de su pantalón.
Él baja la vista hacia mis dedos, que se han adaptado al bulto que se dibuja más que evidente bajo la tela. No me muevo todavía, él sube la mirada por mi brazo y vuelve a posarse sobre mi escote. En esta posición es más obvio el surco entre mis pechos, y también es obvia la respiración que se agita bajo ellos, aunque aún callada. No hace nada más, aunque la carne bajo mi mano tiene vida propia, palpita y crece. Atiendo a su muda llamada y, ayudándome de la otra mano, suelto el botón, bajo la cremallera y le libero.
Aunque la distancia entre los asientos no es mucha, la palanca del cambio y el freno de mano dificultan el contacto, pero no propongo que nos vayamos detrás; seguimos mudos, aunque él ha empezado a jadear al sentir mis manos sobre su piel, apartando la ropa que incomoda, investigando y acariciando su vientre, sus testículos, la piel de su sexo imposiblemente suave que se rebulle en mis dedos. Me inclino hacia él para tomar posesión de su carne entre mis labios, en mi lengua, dentro de mi boca.
Los jadeos han subido de tono, aunque seguramente en el solitario aparcamiento no puedan oírse. Probablemente ya estén las ventanillas empañadas, y mi ligero vestido se me antoja un estorbo insoportable. Ajusto los movimientos de mis manos y mi boca, acompaso mi velocidad a la que marcan sus gemidos, aprieto más cuando le siento ansioso y aumento el ritmo cuando la tensión de su cuerpo y sus dedos enredados en mi pelo lo piden.
Finalmente, disipada la tensión, calmados los gemidos, vuelvo a levantar la cabeza y le miro mientras con la yema de un dedo recojo una gota que resbala por mi barbilla. El hombre me sonríe por primera vez, se inclina hacia mí y aventura una mano entre mis piernas.
-Sin bragas, como te pedí. Así me gusta, que me hagas caso…

Fuente: El escondite.
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Categorías : Literatura erótica

on Noviembre 24th, 2008 7:25 pm
Vaya historia mas Irreal…… pero bueno , lo mejor … la foto..
on Noviembre 24th, 2008 8:18 pm
¿Historia irreal por qué? Lo sería si fuera un encuentro no amañado, pero al final se deja claro que habían quedado y sabían a lo que iban.
on Noviembre 26th, 2008 11:29 pm
es buena, y esta claro no se por que puede parecer ireal,