Erika, una Historia de Verano
Escrito por: Ales
9 de Septiembre del 2009
Cada oscilante movimiento de la pesada anatomía de la vikinga parecía acompasado con el suave batir de las olas en la playa de la cala. Eran muchos kilos de carne de mujer los que se alzaban sobre mi, desplazándose a un ritmo lento lento en subida y rápido en bajada. En cada descenso que efectuaba ella, yo debía soportar parte de su peso, que se dejaba libre a la gravedad, cayendo sobre mis caderas. Luego el cuerpo se le arqueaba ligeramente hacia atrás, sacudido al tiempo por un latigazo de placer, para realizar a continuación un falso desplome hacia mi. En este momento yo la detenía con la fuerza de mis brazos, aprovechando que ambos nos cogíamos de las manos, y ella tomaba aire y volvía a efectuar otra subida. Cada cierto tiempo, el latigazo se hacía más violento y finalmente acababa casi pegada a mi cuerpo yaciente, acariciándome el pecho con sus voluminosas tetas, mientras los muslos se le abrían al descargar un orgasmo. Le duraba bastantes segundos, en los que gemía sorda pero largamente, con todo su ser grande envuelto en espasmos y pronunciando de vez en vez con vehemencia vocablos que yo no podía entender, pero seguramente ya escritos en alguna runa de sus antepasados saqueadores.
Aquella mujer, que sin llegar a aparentarlos en absoluto me había confesado una edad de cincuenta y ocho años, disponía aun de una inmensa reserva de lubricidad, cuya energía explosiva derramaba sobre mi. El desgaste del cuerpo, las grasas afeando contornos, la piel ya no tersa, la cara hermosa pero surcada por arrugas no visitadas por bisturí alguno, eran incapaces de deslucir los elegantes movimientos de aquella hembra, su carnalidad abrumadora, el batir de una sexualidad de muchos grados.
Gozaba yo como un bruto, agradecido a la suerte de la cerveza derramada sobre mi por Erika, tras una ese seguida de resbalón, andando ella ya muy cargada de alcohol por el pub. El recurso a la cala no había sido en este caso una veleidad romántica, sino necesidad impuesta. Paradójicamente resultaba imposible encontrar habitación libre en aquel bosque de hoteles y aunque ella tenía ya la suya, los maridos siempre suelen ser mala compañía en estas tesituras, aunque se encuentren durmiendo la mona de la tarde.
Erika no dio muestra de querer parar, ni señal alguna de cansancio. Los ascensos, descensos y descargas parecían poder continuar indefinidamente, de la misma forma en que se habían iniciado al poco rato de llegar a la cala y desnudarnos. Fui yo quien la llevó a tumbarse sobre la arena, donde pareció ensancharse, adoptando formas de una voluminosa y matriarcal diosa de la fertilidad. El placer que la llenaba hasta el desbordamiento pugnaba por salir a través de la piel, momentáneamente rejuvenecida. Los surcos de la edad en el rostro se habían hecho más tenues, coloreándolo de libidinoso rosado. Las tetas se aplastaban y caían a los lados por su cargado volumen pero los casi amoratados pezones las señoreban durísimos. Me esperó respirando de forma acelerada, sin que su mirada entre dulce y de bestia narcotizada por el goce pudiese evitar transmitirme desespero, verdadera ansia por volver a ser penetrada. Y de esta forma comenzamos otra larga danza. Mis manos rodearon los pechos rotundos, al tiempo que deslizaba una y otra vez los pulgares sobre sus rígidos botones morados. Tras tres o cuatro entradas y salidas lentas, saboreando mi propio placer, las caderas me quemaron y aceleré impetuoso, sintiendo el golpear de mis cojones contra el sexo de Erika. Así se produjo la primera ceremonia de orgasmo en aquella posición, que empezamos a repetir también de manera sistemática.
Finalmente, aunque Erika, de nuevo, parecía desear continuar indefinidamente los pasos de nuestro baile, quise alimentarme de sus tetas generosas. La penetré entonces descansando en parte sobre uno de sus muslos, mientras su otra pierna me apresaba. Sentí su fuerza, mi peso resultaba inexistente para ella. Mientras golpeaba enérgicamente con las caderas para que la verga alcanzase las encharcadas profundidades de la hembra, empecé a sorber enloquecido aquellos pezones eléctricos, perdidos por su pequeñez en las amplias mamas y rodeados de espaciosas aureolas. Ya mucho antes había comprobado que los diminutos y metálicos botones provocaban sacudidas de serpiente en Erika cada vez que los comía. Penetrada y chupada, la nórdica tuvo un orgasmo larguísimo o varios encadenados, no supe distinguirlo. Reventé deseando disolverme por completo en ella.
A las siete de la mañana la dejaba junto a la entrada de su hotel, de la que resultó no ser huésped sino empleada, como su marido. Nos pasamos teléfonos, pero ella me explicó que lo iba a tener muy complicado durante el resto del mes. Veremos que me depara la suerte. Este primer polvo isleño del verano ha sido sensacional.
Fuente: El sexo hiperbólico.
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