En algún Lugar del Mediterráneo
Escrito por: Ales
18 de Noviembre del 2008
Las olas rompían pesadas contra el casco del viejo buque cuyas máquinas tosían y chirriaban fatigosas para hacerlo avanzar. Engranaje contra engranaje, pieza sobre pieza, óxido junto al óxido, el motor continuaba sin embargo funcionando y el navío se movía en dirección al aún lejano puerto. Sentado en la proa, el contrabandista oteaba el horizonte con mirada llorosa. Ninguno de sus hombres se hubiera atrevido en aquel momento a perturbar aquel silencio ennegrecido y triste.
Muerta en Argel quedó la puta. Muertas quedaron con ella las noches de lujuria azul y brillante, los deseos alegres y juguetones como transparentes pompas jabonosas. Cinceladas en la mente del aventurero quedarían para siempre las tetas amplias cogidas entre sus manos, el clítoris travieso riendo en baile acelerado bajo su lengua, los muslos húmedos de leche resbalada desde el coño acogedor, la sonrisa de niña traviesa acariciándole, la voz cantarina lanzándole piropos de amor.
Una navaja maldita rajó la vida de la meretriz. De manera rápida, imprevista, atroz. Él no pudo hacer nada. Las heridas que llevaba en el pecho y en los brazos fueron inútiles. Y las punzadas penetrantes le recordaban a cada momento que fue demasiado, demasiado lento.
Sin sentido todavía tras la refriega que a poco le cuesta a él también la vida, el traficante ilegal se vió caer por un precipicio insondable. Ansiaba llegar al suelo y estrellarse, rompiéndose al fin. Pero no tenía miedo, porque algo le decía que podría resistir el dolor. Un instante antes de morir en su sueño, despertó vivo en el hospital.
En algún lugar del Mediterráneo otra mujer, roja y voraz de amor y de carne pero clara como el agua limpia, esperaba al contrabandista, aunque lo ignoraba por completo. También le esperaban dos de sus hijos, aun por nacer.

Fuente: Sexo Hiperbólico.
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